Ayer, viernes, comenzábamos el tema sobre las preguntas filosóficas. Iniciamos la sesión a partir de la pregunta “¿Tiene sentido la vida?”. Cada alumno escribió en su cuaderno su respuesta y luego la leyeron quienes quisieron. La lectura de sus respuestas dio pie a un diálogo, en el que aparecieron algunas respuestas interesantes. Lo que aquí ofrezco no es más que un resumen y, por tanto, los matices literarios que algunos alumnos presentaron se nos escapan.
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Un alumno comenzó diciendo que la vida no tiene sentido, somos nosotros los que se lo damos. Al ir dándole sentido, somos capaces de sobreponernos a los momentos de soledad, de tristeza y dolor; podemos ir transformándolos.
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Otro alumno contestó que le parecía que había una contradicción en lo dicho por el alumno anterior: desde el momento en que le damos un sentido, entonces la vida ya tiene sentido.
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Una alumna dijo que no sabía si la vida tenía sentido o no. Tendría que esperar a morirse para saberlo.
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Otra alumna relacionaba el sentido con la palabra “forma”. La vida tiene sentido cuando le damos forma, cuando somos capaces de poner orden, de estructurar algo que de otro modo resultaría caótico, sin sentido. Las experiencias que sirven para estructurar, para dar forma, son los momentos de felicidad.
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Otro dijo que él era creyente cristiano y, por tanto, la vida tiene un sentido, el de ir realizando lo que Jesucristo había enseñado.
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Entonces, algunos contestaron que la religión no es un verdadero sentido. Viene a ser una forma de conformarse, de buscar un consuelo después porque aquí no lo tienen. La religión sirve para la gente desesperada.
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Pero lo mismo podría decirse de quienes dicen que la vida no tiene sentido, sino que nosotros se lo damos. Podría ser también una forma de ficción que nos creamos para hacernos la vida más llevadera.
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Un alumno que ya había intervenido anteriormente añadió que la vida se resume en estudiar, tener un trabajo y después jubilarte. La vida se te pasa con eso y no te planteas si tiene sentido o no.
Yo iba añadiendo cómo, a lo largo de la historia de la filosofía, algunos filósofos habían dicho cosas parecidas:
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Lo dicho por el primer alumno recuerda al existencialismo. No hay un sentido prefijado de la existencia humana, somos nosotros los que, con nuestra libertad, vamos dotándola del sentido que nosotros queremos.
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Algunos consideran que la cuestión del sentido es insoluble. Para Unamuno, su voluntad, su deseo le forzaban a afirmar la inmortalidad de su yo personal; sin embargo, su razón parecía forzarle a negarla, parecía obligarle a admitir que todo acaba con la muerte.
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Durante siglos, los pensadores cristianos reconocieron en Dios el fin último de la existencia humana. El sentido último se expresa como vivir para siempre con Alguien que te ama y con todos aquellos a quienes has amado.
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Ante la crítica a la religión porque sirve para la gente desesperada, yo les dije que es verdad que cuando uno ha tenido una vida suficientemente plena o satisfactoria puede entender hasta cierto punto que tras la muerte no haya nada más ni haga falta que lo haya. Pero algunos filósofos, como Adorno y Horkheimer, después de ocurrido en la II Guerra Mundial y el exterminio que los nazis hicieron de judíos, gitanos, homosexuales y enfermos reclamaban la necesidad de una justicia mayor, justicia que parecía que quedaba incompleta en esta historia. Sin embargo, no daban el paso a una trascendencia tras la muerte.
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Sobre la vida que se limita a estudiar, trabajar y jubilarse, parece recordar a la existencia inauténtica de la que hablaba Heidegger.
Estas son sólo algunas de las reflexiones que fuimos desarrollando a lo largo de la clase. Estoy seguro de que aún quedaron muchas reflexiones en los cuadernos de los alumnos. Si queréis, podemos continuarlas aquí.

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